En 1578, recién victorioso en la batalla de los Tres Reyes, el sultán saadí Ahmad al-Mansur emprendió la construcción de un palacio que anunciara al mundo el nuevo poder de Marruecos. Lo llamó El Badi — "el Incomparable" — y durante unos veinticinco años, las caravanas cruzaron el Sáhara cargadas de oro procedente de Tombuctú, mientras comerciantes italianos enviaban mármol de Carrara a Marrakech a cambio de azúcar marroquí. Una vez terminado, El Badi contaba con unas 360 habitaciones dispuestas alrededor de un inmenso patio de 135 por 110 metros, con jardines de naranjos hundidos que enmarcaban un estanque de casi 90 metros de largo.
La gloria del palacio no duró mucho. Apenas un siglo después de su finalización, el sultán Mulay Ismail ordenó despojarlo por completo para construir su nueva capital en Mequinez — mármol, vigas de cedro, pan de oro y azulejos fueron trasladados hacia el norte pieza por pieza, dejando los muros de tapial sin techo que se conservan hoy. Lo que queda no es tanto un monumento a la riqueza saadí como a su desmantelamiento: una vasta ruina blanqueada por el sol donde ahora anidan cigüeñas blancas sobre las murallas, y donde, en un pequeño pabellón, el exquisito minbar de la Kutubiyya del siglo XII sobrevive como recordatorio de la refinada artesanía que antaño decoraba estos muros.